Inicio A más de un mes de la suspensión de clases escolares: Los profesores han tenido que aprender a hacer clases online

A más de un mes de la suspensión de clases escolares: Los profesores han tenido que aprender a hacer clases online

  • 20.04.2020 Una de las lecciones es que el aprendizaje remoto no implica estar todo el día en una pantalla, sino también fomentar clases que inviten a experimentar en casa.

Fuente: El Mercurio, cuerpo Educación.
Periodista: Margherita Cordano

Natalia González se asustó cuando supo que tendría que hacer clases en línea a sus alumnos de sexto a octavo básico. Aunque antes se había enfrentado a estudiantes desordenados y había superado con éxito la tarea de mantener a un montón de niños atentos, el desafío de enseñar a través de una pantalla era completamente nuevo. ‘El miedo a lo desconocido es súper alto. Con otros colegas nos mandamos mensajes en donde hablábamos que teníamos cierta aprensión por exponernos de forma virtual.

Hasta nos imaginamos que los niños nos iban a convertir en memes’, cuenta. Como otros colegios que reciben subvención luego de que Google llegara a un acuerdo con el Ministerio de Educación, a principios de abril el establecimiento donde Natalia enseña Ciencias —el colegio Patricio Mekis de Padre Hurtado— recibió cuentas G Suite que permiten a los docentes organizar el contenido de sus cursos y comunicarse con los escolares vía web. La experiencia es una que algunas instituciones de educación superior habían probado luego de los disturbios de octubre, pero que en establecimientos escolares no había tenido mayor cabida. Por eso, de un minuto a otro, miles de profesores se vieron en la necesidad de aprender sobre clases remotas.

Mitos

¿Qué cosas aprenden? La respuesta rápida, dicen los expertos consultados, es tratar con nuevas tecnologías, pero el educar en línea también supone comprender que muchos alumnos pueden estar viviendo situaciones complicadas dentro de sus casas (lo que implica que las clases también tienen que ser un espacio para conversar con ellos), confiar en que una clase remota no tiene por qué traer peores resultados que una presencial (ver recuadro) y poder aprovechar la interactividad de las herramientas disponibles para no hacer una clase que solo sea cátedra, dice Francisca Díaz, directora del Centro de Perfeccionamiento, Experimentación e Investigaciones Pedagógicas (CPEIP) del Mineduc.

‘Al final del día somos educadores y queremos ayudar a los niños. Así que optamos por subirnos al carro’, explica Natalia, quien terminó capacitándose con ayuda del encargado de informática de su establecimiento. Aprendió a través de videos, charlas en línea y varias consultas. Aunque muchos colegios han recurrido a sus encargados de Tecnología para apoyar en esta labor, a nivel país también se han abierto cursos en línea para ayudar a los docentes de forma masiva. El propio CPEIP empezó un ciclo de conferencias online gratuitas. Una de las más recientes abordó algunos mitos de la educación en línea.

Entre los mitos, dice Francisca Díaz, está pensar que la clase en línea solo supone ‘cambiar un poco el formato, cuando en realidad es pensar un espacio distinto, porque los entornos virtuales tienen potencialidades distintas’, explica. Se puede, por ejemplo, planear clases que incluyan saltar de un video a otro, para obtener ejemplos desde plataformas como YouTube o Vimeo. ‘Otro de los mitos tiene que ver con la conexión: muchas veces se entiende que los niños la tienen o no. Pero en ocasiones pasa que un video necesita cierto ancho de banda. Entonces no basta con decir si el estudiante tiene o no conexión, sino qué tipo de conexión. Eso es lo que determina su posibilidad de participación’, agrega.

Igual de importante es aclarar que el aprendizaje en línea no es sinónimo de estar todo el día mirando una pantalla. ‘Hay que tener en cuenta que los tiempos de concentración de los estudiantes frente a un computador versus una situación presencial son distintos. Por lo tanto, los tiempos de enseñanza más expositiva pueden reducirse’, explicó, a través de una charla en Facebook Live, Beatriz Fernández, investigadora del CIAE y del Instituto de Estudios Avanzados en Educación de la U. de Chile. La profesora Natalia González, por ejemplo, ha mandado guías a sus alumnos para que realicen experiencias prácticas en sus casas, como trabajar con hielos para aprender sobre cambio climático, o con latas de bebidas para entender más de las leyes de gases.

Cambio cultural

Algo que la profesora Daniela Araya, quien enseña Lenguaje en el colegio Francisco Arriarán, ha ido aprendiendo sobre las plataformas de aprendizaje en línea es que ‘muchos alumnos las perciben como algo muy formal’. Por lo mismo, si consideran que sus preguntas son un poco básicas, ‘en línea no las hacen’. En ese sentido, ha sido clave comunicarse con sus estudiantes a través de los chats uno a uno de Classroom, la herramienta que usan en el establecimiento, que forma parte de la red SIP. Los niños se abren ‘y me pueden mandar mensajes privados que a veces no quieren dejar en el muro’ en frente de todos.

‘Más que una transformación digital, esto es una transformación cultural, porque es cambiar la forma de hacer las cosas’, cree César Cid, director de Tecnologías de la SIP. Bajo su mirada, entre los aprendizajes más importantes que tienen quienes por primera vez hacen clases remotas, está ‘perder el miedo a equivocarse. El proceso de transformación cultural también parte por entregar este tipo de mensajes, tomar los errores como oportunidades de aprendizaje. Eso es algo que uno también quiere transmitirles a los alumnos’.

Recuadro: Un modelo frente al otro

Parte de enseñar en línea pasa por creer que este sistema puede ser de ayuda para los estudiantes. Un informe publicado a principios de este mes en la revista Science Advances así lo sugiere, y concluye que jóvenes que aprendieron sobre ciencia y tecnología a través de clases online, lograron el mismo conocimiento que sus pares que lo hicieron bajo el formato de clases presenciales.

El estudio, que se realizó previo a la pandemia de covid-19, fue liderado por la U. de Cornell y analizó el caso de 300 estudiantes en Rusia.

 

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